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Guía para mejorar

Para la edición 103 de PELLInside

“Cosas que jamás hay que decirle a un policía”

Imaginemos cierto mundo cercano a lo ideal, en el cual la seguridad pública, compuesta habitualmente por policías, vulgarmente llamados polis, botones, zorros, coimeros, ratis, comepizzas y ocasionalmente, servidores de la ley, cumplen con la encomiable tarea de ser vigías de las normas y el orden en las distintas calles de nuestro país. Conforme a esta imagen de organización y respeto, me he dedicado esta semana a analizar algunas frases que yo encuentro inconvenientes, sobre todo a la hora de ser invitado por un celoso guardián de la ley a “aparcar su carro” (me encanta esta frase, por más chota que parezca) para examinar la pertinente documentación. Por supuesto que descartaremos de plano cualquier exigencia de “20 pesitos para los muchachos” o “una colaboración para la brigada” que pudiéramos llegar a escuchar de boca del funcionario; en consecuencia, la responsabilidad de un diálogo adulto y honesto corre por vuestra exclusiva responsabilidad. Para ir directo al grano, veamos entonces algunos dichos que deben evitarse a la hora de iniciar dicho diálogo:

  • “No puedo buscar mi licencia de conductor si usted no me sostiene un momento mi cerveza”. Eviten esto, por más que en su descomunal pedo o borrachera, usted lo encuentre altamente amigable y/o gracioso.
  • “Disculpe oficial, no noté que traía mi detector de radar apagado”. Si usted dispone de esta tecnología de avanzada, no haga alarde de ella. Cállese y deje hablar al vigilante.
  • “Oiga oficial, ¿usted no es uno de los recordadísimos Village People?”. Si el oficial en cuestión se la come doblaba, por ahí zafa, pero como usted ya sabrá, hay mucha imagen que engaña, así que evite confiar en las apariencias y evite también decir boludeces, por ahí, propias del nerviosismo.
  • “Upalalá, usted debió ir a más de 160 km/h para poder alcanzarme. ¡Lo felicito!”. Gravísimo error, NUNCA mande al frente a quien tiene su vida en sus manos, a menos claro está, que usted sea un funcionario de mayor rango y por ende, tenga la posibilidad de disfrutar de mandar en cana al puto que interrumpió su brillante manejo.
  • “Pensé que para ser policía debían tener relativamente una buena condición física”. Por más panzón que sea el policía que le haya tocado en suerte, ni piense en herir su orgullo, salvo que se cumplan los requisitos del punto anterior. En tal caso, puede ordenarle varios días de arresto a pan y agua a ver si el cerdo afloja con la pizza diaria.
  • “Imagino que no irá a revisar mi baúl… ¿cierto?”. No sea asustadizo, sobre todo si está ocultando a su suegra muerta o algún trafiquito ocasional. Evite transpirar, evite el temor, evite respirar también y haga lo que pueda. Si usted va armado, ya vaya acariciando la culata de su arma.
  • “Oiga!… yo pago su sueldo!”. Es la clásica del que se siente patrón de todo el mundo, ya que todos, en el fondo, trabajan para él. Evite esta opción, sobre todo si se encuentra con un poli medio zurdito, con pensamientos de explotación obrera y todo eso. Ojo, parece que no pero los hay, eh…
  • “Solo intentaba mantenerme alejado del tráfico. Si, sé que no hay ningún otro vehículo cerca. ¿Vió que bien lo vengo haciendo?”. No, no, no y no. Otra vez, no encare para el lado de sus habilidades personales. Usted debe mostrarse sumiso y condescendiente con su verdugo. El es el más delgado, el más hermoso y el más hábil de todos los seres mortales.
  • “¿Alguna vez mató a alguien?”. Esa pregunta que siempre quiso hacerle en persona a un policía, no debe constituirse en motivo de conversación. Usted no sabe si el quía no tiene varios fiambres sobre sus hombros, causas varias por gatillo fácil y afecciones psicológicas de orden netamente crónico. Evite despertar una locura que por ahí en ese momento y con suerte, está dormida.
  • “Me gustaban más los uniformes que usaban antes. No se les marcaba tanto la zapán”. Otra vez la frase insultante. Controle sus frenos y sobre todo, sus nervios y ponga cara de “que bien alimentada que está la ley en nuestro país, lo felicito”.

Muy bien, yo creo que con el cumplimiento de estos breves consejos, usted puede subirse a su auto tranquilo y confiado, meter luces altas y faros antiniebla para encandilar a toda la gilada, por más que la noche esté ideal y haya buena visibilidad, no darle bola a esos carteles amargos que indican velocidad máxima permitida, invadir sendas peatonales y asolar calles y avenidas de nuestras ciudades con total impunidad. Total, arrancando bien la conversación con el poli de turno, siempre se puede arribar a un acuerdo que convenga a todos por igual.
Salute y hasta la semana entrante.

        
Vicente Solano Lima

3 Septiembre, 2008 Publicado por peyita | Guía para mejorar | , , , , , , , | Aún no hay comentarios

Editorial PELLInside 03/09/08

La locura del fuego

La expectativa por ver al grupo era proporcional a uno o dos temas que conocía en ese momento. Fue por invitación de un amigo que accedí a destinar una noche de sábado en un lugar al cual nunca había ido hasta ese momento. Llegamos temprano, pasamos por el lugar y había sólamente unos pocos jóvenes y otros no tanto que esperaban sentados en la vereda de enfrente, con banderas, botellas de cerveza dispersas y si mal no recuerdo, algunos cartones de vino barato también.
Decidimos caminar por Rivadavia para comer algo, junto con los tres principales fanáticos de la banda, una mujer de unos cuarenta y tantos, mi amigo y su pequeña hija de 8 años, una flaquita rubia que se sabía todas las letras de las canciones y las cantaba al viento sin el menor tapujo.
Unos panchos muy bien servidos, más alguna que otra cerveza matizó la espera. Terminado, nos dirigimos por Bartolomé Mitre hacia el lugar, ahora ya más concurrido y expectante que antes, claro. La hora se aproximaba.
Nos ubicamos también en la vereda de enfrente, siguiendo las indicaciones del personal de seguridad, tan dueños de la situación como el humilde botones del Sheraton que guarda todas las ínfulas de un propietario, un socio o un inversor. Todos habrán visto que estos tipos, por más laburantes que sean, “tienen el cargo”, es “su boliche”, es “su hotel”, nada de empleado, pinche u otra cosa.
Pues bien, una cámara de video aficionado se paseaba por la cola haciendo preguntas a los concurrentes. “Vienen hacia mi”, pensé. Tal cual, se acercan dos muchachos vestidos de reporteros y yo, ni lerdo ni perezozo, me hago de las ínfulas necesarias como para convertirme en “el entrevistado”. Largo mi léxico para explicar mi experimentada visión de los recitales de antes y de ahora, sumado al arraigo que tiene esta música para con las distintas generaciones. En fin, bastante entretenida la cosa y otro rato que pasó antes de que todo comience.
De pronto, mi mirada se desvía ante la aparición de un viejo conocido, uno de los personajes fundamentales del rock desde los ochenta para acá. Vestido “onda rara” según siempre acostumbró, con botines deportivos, pantalones de similares características y con una especie de larga camisola, se paró en medio de la calle para observar con aires controladores la situación previa al ingreso. Claro que su protagonismo artístico de antaño nada tendría que hacer frente a su actualidad, parado hoy en el mismísimo centro del eterno dilema argentino. Momento de observaciones.
Por fin la cola comienza a moverse, señal de ingreso, avanti la armada…
De primera impresión, digo que el lugar me gustó y bastante. Amplio, con grandes puertas y una especie de balcón que seguía el perímetro rectangular, con sendas escaleritas a los costados. Nos desparramamos por el lugar, observando el escenario, fumando algún que otro cigarrillo y adquiriendo la elemental cervecita en vaso grande de plástico, en la barra trasera. El sonidista ultimaba los detalles, aunque faltaba una media hora según el horario estipulado, horario que por otra parte jamás se cumple y esa no sería la excepción. Y como la birra baja rápidamente, la búsqueda de los baños no se hizo esperar. Subiendo por las antes mencionadas escaleritas, ahi estaban. Entro y me llama la atención varios mocositos correteando por ahí. “Que bueno que la familia entera venga a disfrutar de un buen show”, pienso. De hecho, nostros estábamos con la rubiecita de ocho añitos y como nosotros, otros más. Hice lo que tenía que hacer y bajé nuevamente…
Pasada la hora de atraso, el show ya era inminente. Por supuesto que yo había observado con curiosidad el uso de bengalas y candelas en recitales al aire libre. Por ejemplo, La Renga en Mar del Plata. Fue vistoso, algo chocante al principio, pero vistoso. Claro que jamás imaginé el mismo uso bajo techo, lo cual, contrariamente a cualquier sentido común que uno se quiera imaginar, comenzó a darse al salir Pier a escena. A esa altura del partido, tenía a la rubiecita subida a mis hombros. Ella, absolutamente enloquecida y cantando a los gritos ante el advenimiento de la primera canción. Yo, sin poder creer lo que estaba viendo, cuando las bolitas de fuego empezaron a dar sobre una evidente tela negra, de forma abombada que colgaba del techo en el centro de la pista, a pocos metros del escenario. El humo lo tapaba todo y a pocos metros de la banda, no se podían distinguir las siluetas de sus integrantes. El viejo conocido hombrecillo de pantalones y botines deportivos que antes parecía controlar todo, ya no controlaba nada. Por eso y desde la tarima del sonidista, interrumpió a los gritos el alocadísimo momento. Insultos mediantes, lanzó advertencias de todos los colores contra la locura de fuego que se había apoderado de los concurrentes. Nada. De pronto desapareció de la escena y mágicamente apareció sobre el escenario para intervenir con su discurso de sentido común en el medio de la siguiente canción. No voy a olvidar la cara de fastidio del cantante de la banda, haciéndole guiños de complicidad al núcleo de los “titanes tiradores”. Pero nada. La cosa siguió igual.
Casi instantáneamente, me fui para atrás con la rubiecita a cuestas, a la altura del susodicho sonidista, asegurándome que las amplias puertas permanecieran constamente a mi vista…
Así el show transcurrió, así también terminó y así nos fuimos todos contentos a nuestras casas, porque simplemente nada malo sucedió.
Cinco meses después, la historia sería distinta aunque toda la secuencia haya sido exactamente la misma.

Jorge Pelliza

 

3 Septiembre, 2008 Publicado por peyita | Editoriales PELLInside | , , , , , , , , , , , , , , , | 2 comentarios

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3 Septiembre, 2008 Publicado por peyita | De última, Editoriales PELLInside, Guía para mejorar | | Aún no hay comentarios